viernes, 5 de noviembre de 2010

Mariano José de Larra y Sánchez de Castro (Madrid, 24 de marzo de 1809 – Ibídem, 13 de febrero de 1837) fue un escritor , periodista y político español y uno de los más importantes exponentes del romanticismo español.

Es considerado, junto a Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro, la más alta cota del romanticismo literario español. Periodista, crítico satírico y literario, y escritor costumbrista, publica en prensa más de doscientos artículos a lo largo de tan sólo ocho años. Impulsa así el desarrollo del género ensayístico. Escribe bajo los seudónimos Fígaro, Duende, Bachiller y El pobrecito hablador. De acuerdo con Iris M. Zavala, Larra representa el «romanticismo democrático en acción». Lejos de la complacencia en las efusiones del sentimiento, Fígaro sitúa España en el centro de su obra crítica y satírica. Su obra ha de entenderse en el contexto de las Cortes recién nacidas tras la década ominosa (1823–1833), y de la primera guerra carlista (1833–1840).

Tras el temprano suicidio de Larra a los 27 años de edad, José Zorrilla lee en su entierro una elegía con la que se da a conocer.

En 1908 algunos de los representantes de la generación del 98, Azorín, Unamuno y Baroja, llevan una corona de flores a su tumba, homenaje que significa su redescubrimiento y la identificación del grupo con el pensamiento de Larra y con su preocupación por España.

EL DISCURSO LIBERAL Y EL TEATRO ANTIGUO
ESPAÑOL. FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS.
JOAN OLEZA
Universitat de València
VVAA: Homenaje a Luís Quitante. Vol. II. Estudios filológicos. València.
Univ. de València. 2003, pp. 267-276.
Desde que Manuel Durán y Roberto González Echevarría trazaron en 1976 una
primera visión panorámica sobre la crítica calderoniana en el siglo XIX han transcurrido
casi veinticinco años de estudios en los que el proceso de construcción histórica de la
imagen de Calderón y de su teatro se ha ido perfilando.
H.W.Sullivan (1983) trazó el estudio hasta ahora más completo de la
recuperación calderoniana por los románticos alemanes, de entre cuyas páginas salió
aquella poderosa imagen conservadora de un Calderón esencialmente español y
cristiano, que quedó instalada en la primera línea del canon occidental con el apoyo,
determinante, de sus dramas religiosos. Leonardo Romero Tobar (1981) y Joaquín
Alvarez Barrientos (2000) han dirigido una mirada abarcadora sobre lo que este último
califica como historia de la apropiación del teatro de Calderón en el siglo XIX. Tras la
revolución francesa y la guerra de la independencia el discurso reaccionario y casticista,
que ya se había apropiado de la figura de Calderón, imponiéndose a un intento de
asimilación liberal al discurso ilustrado, en el siglo XVIII, se vio ratificado y potenciado
por las ideas de los Schlegel, difundidas en España a través de la Querella
calderoniana, hasta el punto de que - escribe Jesús Rubio Jiménez (1990) - el modelo
del teatro antiguo español es "como una hijuela del romanticismo tradicionalista".
Los hitos que marcan la elaboración de este discurso católico, conservador y
nacionalista, que consagra a Calderón como el poeta teólogo de la identidad nacional,
son bien conocidos, y están presentes en toda la crítica sobre la cuestión: el discurso de
Agustín Durán (1828), las lecciones de Alberto Lista (1836), el discurso de Tamayo y
Baus (1860), el de López de Ayala (1879), etc.
No ha sido estudiado como contradictorio con este discurso el llamado del "justo
medio", más bien parece que colabora con él, hasta el punto de que a menudo la crítica
se desliza de uno a otro. Ya Allison Peers (1967) delineó sus perfiles bajo la etiqueta de
"eclecticismo", al que vinieron a desembocar, en buena medida, los supervivientes del
ya de por sí moderado romanticismo español. Rubio Jiménez (1990) y Alvarez
Barrientos (2000) han evocado momentos concretos de este discurso, el papel de
Mesonero Romanos, el de Hartzenbusch, el de la una prensa que persigue crear un
estado de opinión, el del impulso a la canonización que el teatro antiguo español, y
especialmente el de Calderón, reciben de románticos y postrománticos bien situados en
el aparato institucional del estado, y al que cabe atribuir, entre otras efemérides, el
traslado de los restos de Calderón en 1840-41 o la celebración del Centenario de 1881.
Con esta práctica del eclecticismo oficial habría que relacionar al menos una parte de las
ediciones calderonianas del XIX, o el espíritu que anima tantas refundiciones, versiones
y arreglos que tratan de limar los aspectos menos asimilables del teatro calderoniano.
Leonardo Romero (1981) hace balance de la crítica calderoniana anterior a 1881,
así como de las escasas aportaciones que trajo consigo el centenario, si se exceptúa la de

onstitución española de 1812

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Juramento de las Cortes de Cádiz en la Iglesia Mayor Parroquial de San Fernando el 24 de septiembre de 1810. Expuesto como tal en el Congreso de los Diputados de Madrid.
La promulgación de la Constitución de 1812, obra de Salvador Viniegra (Museo de las Cortes de Cádiz).
Edición contemporánea de la Constitución de 1812.

La Constitución española de 1812, también denominada La Pepa, fue promulgada por las Cortes Generales de España el 19 de marzo de 1812 en Cádiz. La importancia histórica de la misma es grande, al tratarse de la primera Constitución promulgada en España, además de ser una de las más liberales de su tiempo. Respecto al origen de su sobrenombre, la Pepa, fue promulgada el día de San José, de donde vendría el sobrenombre de Pepa.

Oficialmente estuvo en vigencia dos años, desde su promulgación hasta el 19 de marzo de 1814, con la vuelta a España de Fernando VII. Posteriormente estuvo vigente durante el Trienio Liberal (1820-1823), así como durante un breve período en 1836-1837, bajo el gobierno progresista que preparaba la Constitución de 1837. Sin embargo, apenas si entró en vigor de facto, puesto que en su período de gestación buena parte de España se encontraba en manos del gobierno pro-francés de José I de España, el resto en mano de juntas interinas más preocupadas en organizar su oposición a José I, y el resto de los territorios de la corona española (los virreinatos) se hallaban en un estado de confusión y vacío de poder causado por la invasión napoleónica.

La constitución establecía el sufragio universal, la soberanía nacional, la monarquía constitucional, la separación de poderes,[1] [2] la libertad de imprenta, acordaba el reparto de tierras y la libertad de industria, entre otras cosas.


GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1808 - 1814)

BATALLA DE BAILÉN (19 de julio de 1808)

Primera derrota de un ejército del invicto Napoleón [01].


La Capitulación de Bailén. Oleo de Casado de Alisal. (Casón del Buen Retiro. Madrid)

antecedentes fuerzas francesas fuerzas españolas protagonistas la batalla consecuencias






ANTECEDENTES

Tras su derrota en el combate de Menjíbar del dia 16 de julio, el general Dufour recibió informes sobre que el Cuerpo Volante del coronel Valdecañas se encontraba cerca de Linares y amenazaba Despeñaperros, por lo que resolvió por su cuenta subir a proteger dijo paso con sus fuerzas, abandonando Bailén por considerar que su cometido más importante era asegurar las comunicaciones entre Andalucía y Castilla. De esta manera el día 17 tenía a sus hombres desplegados entre Guarromán, La Carolina y Santa Elena.

Por su parte, el parte del combate de Menjíbar habían llegado al Cuartel General del general Dupont en Andújar, que decidió enviar de regreso las recién llegadas tropas del general Vedel en refuerzo de la amenaza que se cernía sobre Bailén. De esta manera, el general Vedel, al mando de unos 5.500 hombres y 10 piezas de artillería, había salido de Andujar con sus cansadas tropas a las once de la noche del día 16. Llegó a Bailén a las ocho de la mañana del día 17. No encontró a nadie. Los paisanos le informaron falsamente que las fuerzas de Réding se habían juntado con las del coronel Valdecañas en Linares y que juntos se dirigían a Santa Elena, por lo que se veía justificado que el general Dufour se viera forzado a salir en su persecución. Estas noticias alertaron a su vez al general Vedel, que resolvió seguir los pasos del general Dufour por entender que lo prioritario era garantizar las comunicaciones con Castilla. De esta manera, el día 18 de julio las tropas de Dufour estaban en Santa Elena y las de Vedel en La Carolina, habiendo dejado de esta forma la población de Bailén sin guarnición francesa alguna, y a su vez se habían alejado de Andújar, donde estaba el general Dupont.

Además de ésto, dos decisiones más precipitaron los acontecimientos que desembocaron en la Batalla de Bailén:







FUERZAS FRANCESAS

Cabe a los artilleros la gloria de haber sido los que primeramente iniciaron y propusieron un plan completo para promover un levantamiento general en toda España contra las tropas francesas. Era autor y depositario del proyecto D. Pedro Velarde y Santiyán, capitán Secretario de la Junta Superior Facultativa del Cuerpo de Artillería, quien secundado activamente por su compañero y amigo D. Luis Daoiz, había conseguido extender la confabulación a distintos puntos de la Península (entre los oficiales de Artillería que se adhirieron y trabajaron con más entusiasmo para la realización de plan tan vasto y atrevido, deben citarse: en Madrid, Don Joaquín de Osma, Don Juan de Azeco y Fernández de Mesa, Don César González, D. Juan Nepomuceno, muerto en la defensa de Zaragoza en 1809, y Don Francisco Novella; en Segovia, los profesores de su Colegio Don Francisco Dátoli, que más tarde manchó el prestigio de una honrosa y larga carrera, muriendo en Sevilla al servicio de los enemigos de su patria, Don José de Córdoba, Don Francisco J. De Carasa, Don José Dalp y Don Felipe Carpegna, y en Plasencia Don Rafael Valbuena, coronel director de la fábrica de armas), y cuando, luchando con el cúmulo de obstáculos consiguientes a estar vigilados, intervenidos o secuestrados por los imperiales todos los recursos militares de la nación, se comunicaba a los departamentos las instrucciones necesarias para poder llevar a completo término tan noble y generosa empresa; cuando estaba ya todo dispuesto (Estaban designados los puestos donde habían de concentrarse las tropas veteranas y las milicias para formar los ejércitos; los parajes donde se habían de acopiar las armas, municiones y víveres; los generales y oficiales que debían ponerse al frente de las tropas; los lugares en que se había de sorprender e interceptar el paso a los correos franceses: en una palabra, estaba adoptado todo el sistema de guerra que se había de plantear y proseguir sin intermisión hasta expeler completamente al enemigo de la Península.), los escrúpulos de la disciplina indujeron a Velarde a presentarse imprudentemente al ministro de la Guerra Don Gonzalo O'Farril, para darle cuenta del proyecto y pudiese así el Gobierno tomar la dirección de los sucesos. Sorprendido el Ministro, felicitó al autor del plan, ofreciéndole su cooperación secreta, pero decidida, para realizarlo; mas desde aquel momento se notaron más precauciones por parte de los franceses, y hasta llegóse a alejar a los oficiales de Artillería de los destinos en que podían ser más temibles. Tal era el estado del asunto, cuando se desarrollaron los memorables sucesos del DOS DE MAYO.

La Guerra de Independencia de los Estados Unidos fue un conflicto que enfrentó a las trece colonias británicas originales en América del Norte contra el Reino de Gran Bretaña. Ocurrió entre 1775 y 1783, finalizando con la derrota británica en la batalla de Yorktown y la firma del Tratado de París.

Durante la guerra, Francia ayudó a los revolucionarios estadounidenses con tropas terrestres comandadas por Rochambeau y por el Marqués de La Fayette y por flotas bajo el comando de marinos como Guichen,de Grasse y d'Estaing. España, por su parte, lo hizo inicialmente gracias a Bernardo de Gálvez y de forma abierta a partir de la batalla de Saratoga, mediante armas, suministros y abriendo un frente en el flanco sur.

Las colonias británicas que se independizaron de Gran Bretaña edificaron el primer sistema político liberal y democrático, alumbrando una nueva nación, los Estados Unidos de América, incorporando las nuevas ideas revolucionarias que propugnaban la igualdad y la libertad. Esta sociedad colonial se formó a partir de oleadas de colonos inmigrados, y no existían en ella los rasgos característicos del rígido sistema estamental europeo.

En las colonias del sur (Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia) se había organizado un sistema esclavista (con unos 500.000 esclavos negros) que explotaban plantaciones de tabaco, algodón y azúcar. De este modo, la población estaba compuesta por grandes y pequeños propietarios y esclavos.

Los antecedentes a la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos se remontan a la confrontación franco-británica en Norteamérica y a las consecuencias de la Guerra de los Siete Años.

La Guerra de los siete años terminó en 1763. El 10 de febrero, el Tratado de París ponía fin al imperio colonial francés en América del Norte y consolidaba a Inglaterra como la potencia hegemónica. En oposición sólo tenía a España, que controlaba Nueva Orleans, la ciudad más importante, con unos 10.000 habitantes. Respecto a Francia, la pérdida territorial no fue sentida como algo catastrófico. Se conservaban los derechos pesqueros en Terranova y la población católica francófona recibiría un trato de respeto. Por otro lado en el Caribe las pérdidas pueden ser compensadas pues la colonia principal francesa del Caribe, Puerto Príncipe (la Española), produce la mitad del azúcar consumido en todo el mundo, y su comercio con África y las Antillas está en pleno apogeo.

Respecto a los colonos estadounidenses, la guerra modificó radicalmente el panorama anterior. Los francófonos católicos de Quebec, tradicionales enemigos de los colonos estadounidenses de las Trece colonias recibieron un trato respetuoso por parte de las autoridades británicas. Trato que se confirmó en 1774 cuando se dotó a Canadá de un estatuto particular dentro de las colonias estadounidenses, llevándose sus fronteras hasta la confluencia del Ohio y el Misisipi. Asimismo su población conserva un derecho civil propio y la Iglesia Católica es reconocida. Todos estos movimientos fueron mal aceptados por la población de las Trece colonias.

La causa inmediata de este conflicto fue el injusto trato que Gran Bretaña infligía a los colonos, pues éstos aportaban riquezas e impuestos a la metrópoli pero no tenían los medios para decidir sobre dichos impuestos, por lo que se sentían marginados y no representados.

viernes, 22 de octubre de 2010

Para otros usos de este término, véase Absolutismo (desambiguación).
Luis XIV de Francia, ejemplo de rey absolutista, pintura de Hyacinthe Rigaud.

El absolutismo es una forma de gobierno en la cual el poder del dirigente no está sujeto a ninguna limitación institucional que no sea la ley divina.[1] Es un poder único desde el punto de vista formal, indivisible, inalienable, intranscriptible y libre. Los actos positivos del ejercicio del poder (legislación, administración y jurisdicción) se apoyaron en la última instancia de decisión: la suprema monarquía, emanando de ella, no estando por encima si no por debajo.[2]

En términos kantianos el poder absoluto consiste en que "el soberano del Estado tiene con respecto a sus súbditos solamente derechos y ningún deber (coactivo); el soberano no puede ser sometido a juicio por la violación de una ley que el mismo haya elaborado, ya que está desligado del respeto a la ley popular (populum legis)".[cita requerida] Según Bobbio, esta definición es compartida por todos los naturalistas como Rosseau o Hobbes.[3]

Abarcó los siglos XVI, XVII, XVIII y la primera mitad del XIX, cuando las revoluciones burguesas de 1820, 1830 y 1848 acabaron con la Restauración del Congreso de Viena. Como excepción a esta caducidad del absolutismo se debe citar al Imperio ruso, donde los zares mantuvieron su práctica hasta la Revolución Bolchevique de 1917.

La teoría del derecho divino del poder real o del absolutismo teológico nació en Francia en el último cuarto del siglo XVI y en el ambiente de las guerras de religión. Aunque en Europa la divinización del monarca nunca llegó tan lejos como en Asia (donde en algunos países se identificaba al rey con el mismo Dios) el rey siempre tuvo cierto poder sobre las iglesias nacionales a través del regalismo.